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Muere Juana Vargas de Muñoz, forjadora del Vallarta que se fue

Con espíritu de servicio hizo una gran labor social y dejó su huella en la historia de Puerto Vallarta

Por: Martha Ramírez Ruiz

Este viernes 2 de noviembre, cuando se celebra una de las tradiciones mexicanas plagadas de simbolismos en el reencuentro con los seres queridos. Murió Juana Vargas Carrillo  rodeada de la familia que formó con Manuel Muñoz, con quien se fue a reunir para estar juntos de nuevo en la eternidad. Una mujer que se distinguió por su labor social a través de diversas asociaciones civiles y también protagonista en uno de los episodios más fascinantes de la historia contemporánea de Puerto Vallarta.

Con casi medio siglo de residir en esta ciudad Juana Vargas, originaria de Tepic, avecindada en el puerto desde 1969, con su marido Manuel Muñoz establecen el negocio que operó hasta los noventa en la contra esquina del mercado del Cuale. “La Quemada”, en donde se expendía frutas y otros productos que floreció entre los 70 y 80 del siglo pasado, era obligada la visita para surtirse tanto al menudeo como al mayoreo.

Fueron de los forjadores de ese Vallarta que se nos fue.

Sin embargo, su contribución no se restringió al comercio, también se destacó por su espíritu de servicio, hace más de cuatro décadas como fundadora de la Asociación Femenil Vallartense, cuya obra social más importante fue la construcción de la Casa Hogar “Máximo Cornejo”.

Con el paso del tiempo era más conocida por ser la madre del ex presidente municipal y ex regidor, Humberto Muñoz Vargas. Una madre orgullosa que en la ceremonia del Grito cuando Humberto fue alcalde interino, ella junto con su marido, no quisieron estar en el balcón de la presidencia municipal, sino desde el kiosco mezclados entre la gente, ver a su hijo encabezar la ceremonia de la Noche del Grito de la Independencia.

Años antes, Juanita como le conocían también, había dado muestras de valentía al ser una de las heroínas de del movimiento cívico-político de la coalición “José López Portillo” (1976-1077). Cuando los vallartenses de sublevaron con lo que consideraron una imposición de un candidato a la presidencia municipal, Eugenio Torres Ramírez.

“Más que nada dio coraje que no enviaran a alguien de aquí. Entonces qué, ¿la gente de Puerto Vallarta no teníamos ni voz ni voto ni nada?”

Narró en su testimonio que forma parte del libro “No lo Queremos”, -autoría de quien esto escribe-.

Me hubiera gustado que vivieras esa época. La gente de Vallarta en ese entonces era una familia: hombres, mujeres, niños corríamos hacia la plaza al escuchar el repique de las campanas, cuando se quería que se reuniera la gente. Tan, tan, tan… se echaban a volar las campanas. Tú veías a la gente como una sola, corre y corre por el cerro, por las calles, todos a la presidencia, y se llenaba el jardincito. Todos debían estar ahí. Fue completamente espontáneo: unas veces por la mañana, otras por la noche, pero todo el día había gente.

Se organizaba para despachar en el negocio y atender a la familia, de las seis de la mañana a las ocho de la noche, por eso fue que eligió las guardias nocturnas cuando se instala el plantón sobre el puente del río Cuale, aunque también bastaba que se escucharan las campanas y dejara incluso de atender en la frutería: “Esas campanas eran para que todos fuéramos y estuviéramos al corriente de lo que pasaba.”

Conserva vivos en su memoria los momentos del bloqueo en el puente. No podían pasar los camiones con cargas de plátano, aguacate, piña, pero tampoco renegaban a la gente que estaban perdiendo…

En otro fragmento de ese testimonio relató:

Ya cuando nos pusieron en paz. Cuando vino el ejército, a mí me tocó estar en la esquina a la bajada del puente, y estaba el doctor Calderón, Alma e Irma de Astorga. Estábamos ahí y entonces llegan, y todos estábamos tapados, pues hacía mucho frío; era temporada de invierno. Llega el ejército, yo estaba dormida, eran entre las dos o las tres, despierto y le digo al doctor: “El ejército”. Él me dijo: “No te muevas, deja ver qué pasa.”

Cuando llegaron me tuve que mover. ¡Daban de culatazos a la gente.

Se agolpaban en el subconsciente las noticias de un ejército duro y represor del 68 y el 71:

…No los vi llegar, y eso que pasaron por mi esquina, pero nunca me imaginé que iban a usar la fuerza…A esa hora de la madrugada no bajó toda la gente, ya que ni se pudo tocar las campanas.

Muchos dormían y les daban de culatazos para que se levantaran. Violentaron a toda la gente. Pero uno qué podía hacer contra alguien que tenía armas. Llorando nos fuimos. Cómo es posible que nos traten así, a la gente que tenemos toda la vida viviendo aquí.

Interrumpe la narración y se le hace un nudo en la garganta, traga saliva antes de tomar aire para exclamar con orgullo que literalmente le hincha el pecho:

Pero de todas maneras sirvió de algo. Fue una buena lección para todos, aunque para comprenderlo tuvieron que pasar muchos años y muchas cosas en nuestro Vallarta.

A diferencia de otras mujeres que participaron en ese movimiento, ella no se inclinó por la política, pero conversa al PAN desde los años noventa, mientras su salud se lo permitió  participa en asociaciones civiles y proyectos sociales, el último de ellos que se concretó fue el Asilo Juan Diego.

Hoy a marcar el reloj de la vida, la hora se irse a la eternidad, su velación es en la funeraria Celis, y mañana tras una misa de cuerpo presente, será sepultada en el panteón de la 5 de Diciembre, junto a don Manuel Muñoz que se le adelantó en el viaje. Descanse en paz Juana Vargas.

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